Archivo del Autor: Sherpa Admin

“La tierra de los Pueblos Negros”

Fotocrónicas (CLII)

En el Noroeste de la provincia de Guadalajara hay un territorio singular, montaraz, de barrancos abruptos, de extensos pinares y robledales y de generosos arroyos que se hacen grandes y temerarios dando saltos entre lajas de pizarras, formando cascadas y pozas tan hermosas como las que se pueden contemplar en la imagen de hoy.  

Estamos en las estribaciones de la Sierra de Ayllón, en los límites entre Segovia, Madrid y Guadalajara. Dentro de esta última provincia, una serie de pueblos como Tamajón, Campillejo, El Espinar, Campillo de Ranas, Majaelrayo, Roblelacasa, El Cardoso de la Sierra, Almiruete, Palancares y Valverde de los Arroyos conforman un territorio que se ha dado en llamar Pueblos Negros. La singularidad y el encanto de estos lugares les viene dada por su admirable arquitectura con lajas de pizarras negras. Estos pueblos, al amparo del soberbio Pico Ocejón (2.049) parecen haber quedado varados en el tiempo, se mimetizan por su color con el entorno y exhalan un aroma a naturaleza vieja y preservada, casi neolítica.

Las Cascadas del Aljibe, que recogen la imagen, las forma el arroyo del Soto en su caída alborotada hacia el río Jarama. El lugar tiene fácil acceso por una senda balizada que realiza un recomendable circuito desde Roblelacasa, pasando por este rincón y más tarde por El Espinar. Fascinante. 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“San Miguel de Aralar”

Fotocrónicas (CLI)

Ya desde finales del imperio romano, en Occidente una de las mayores advocaciones para nombrar los lugares religiosos fue la de este arcángel, responsable de las milicias celestiales. Hacia el siglo X, con la evangelización de la tierra de los vascones y el impulso dado por los Reyes de Pamplona, San Miguel adquirió una devoción de notable importancia.

Muy posiblemente antes que el edificio actual existía ya un templo prerrománico. El que ha llegado hasta nuestros días tiene su origen a comienzos del siglo XI y es una hermosa obra de tres naves de cañón, cúpula y triple ábside circular. Todo el conjunto rezuma austeridad y la perfección de formas propias del mejor románico.

Con ser estas cuestiones importantes, al montañero que llega hasta la parte alta de la Sierra de Aralar, lo que más  le sugestiona, lo que más le llena el ojo es la enorme belleza del lugar, la armonía perfecta entre la construcción y la naturaleza que lo envuelve.

A finales del otoño, la primera nevada importante de la estación invernal cubre el paisaje con un precioso manto. La piedra del monasterio y el pelaje de las yeguas resultan un estadillo de color entre la filigrana gris de los robles desnudos y la pureza blanca de la nieve. 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Un pueblo blanco en la Alpujarra”

Fotocrónicas (CL)

Cuando media Octubre, árboles y arbustos comienzan a languidecer y a apuntar colores otoñales con los primeros fríos que bajan desde las cumbres más altas siguiendo el curso del río Trevélez, que nace allí arriba, cerca del cielo, en los circos glaciares que forma el Mulhacén y el Alcazaba. 

Pese a levantar sus casas del barrio alto a 1610 metros de altitud, Trevélez aún tiene sobre sus tejados más de 1800 metros de poderosas laderas, hasta alcanzar el punto álgido de Sierra Nevada en el Mulhacén, a 3479 metros, la segunda cumbre más alta de España tras el Teide. 

Trevélez, famoso por la producción de jamones de gran calidad (favorecido, sin duda, por el clima seco y frío)  es uno de los muchos pueblos blancos de la sierra granadina. Como Pampaneira, Bubión o Capileira, bellísimos ejemplos de arquitectura sencilla, eficiente y emotiva. Pasear sus calles y plazas, sus pasajes y patios, sus terrazas y miradores es una suerte de sortilegio difícil de describir.

La contemplación de cualquiera de estos pueblos, con sus admirables encalados, su armonioso asentamiento en ladera, la visión de las grandes cumbres que superan los tres mil metros, las incontables fuentes que inundan cada rincón con sus frescos y sedantes rumores… Todo un privilegio. 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla