Archivo de la categoría: Fotocrónicas

“Yeguas bajo la tormenta”

Fotocrónicas (CLIII)

La tierra de Cameros (que dio de comer a miles y miles de ovejas merinas y que posibilitó que esta comarca llegara a tener una de las rentas per cápita más altas de Europa a principios del siglo XVIII) ha ido viendo cómo sus extensos pastos son comida desde hace ya décadas sobre todo de vacas y de yeguas, más rentables hoy en día como fuente de carne.

A finales del verano 2017 aún quedaban tres largos meses de sequía para que cambiase el signo del tiempo y llegase un tren de borrascas que dejarían sobre las tierras riojanas una sucesión de nevadas memorables. Pero hasta ese momento, el suelo seguía abrasado y la tierra se había convertido en una alfombra rala de duras púas de alambre en la que los animales de pasto apenas podían ramonear.

Estamos en las majadas de Quiñones, encima de Hornillos de Cameros y a tiro de piedra de la cima de La Atalaya, la montaña que mejor refleja la tradición ganadera, que con mayor rotundidad ofrece a la vista del que llega hasta allí la idiosincrasia del Camero Viejo. No en vano se llama La Atalaya.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“La tierra de los Pueblos Negros”

Fotocrónicas (CLII)

En el Noroeste de la provincia de Guadalajara hay un territorio singular, montaraz, de barrancos abruptos, de extensos pinares y robledales y de generosos arroyos que se hacen grandes y temerarios dando saltos entre lajas de pizarras, formando cascadas y pozas tan hermosas como las que se pueden contemplar en la imagen de hoy.  

Estamos en las estribaciones de la Sierra de Ayllón, en los límites entre Segovia, Madrid y Guadalajara. Dentro de esta última provincia, una serie de pueblos como Tamajón, Campillejo, El Espinar, Campillo de Ranas, Majaelrayo, Roblelacasa, El Cardoso de la Sierra, Almiruete, Palancares y Valverde de los Arroyos conforman un territorio que se ha dado en llamar Pueblos Negros. La singularidad y el encanto de estos lugares les viene dada por su admirable arquitectura con lajas de pizarras negras. Estos pueblos, al amparo del soberbio Pico Ocejón (2.049) parecen haber quedado varados en el tiempo, se mimetizan por su color con el entorno y exhalan un aroma a naturaleza vieja y preservada, casi neolítica.

Las Cascadas del Aljibe, que recogen la imagen, las forma el arroyo del Soto en su caída alborotada hacia el río Jarama. El lugar tiene fácil acceso por una senda balizada que realiza un recomendable circuito desde Roblelacasa, pasando por este rincón y más tarde por El Espinar. Fascinante. 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Un pueblo blanco en la Alpujarra”

Fotocrónicas (CL)

Cuando media Octubre, árboles y arbustos comienzan a languidecer y a apuntar colores otoñales con los primeros fríos que bajan desde las cumbres más altas siguiendo el curso del río Trevélez, que nace allí arriba, cerca del cielo, en los circos glaciares que forma el Mulhacén y el Alcazaba. 

Pese a levantar sus casas del barrio alto a 1610 metros de altitud, Trevélez aún tiene sobre sus tejados más de 1800 metros de poderosas laderas, hasta alcanzar el punto álgido de Sierra Nevada en el Mulhacén, a 3479 metros, la segunda cumbre más alta de España tras el Teide. 

Trevélez, famoso por la producción de jamones de gran calidad (favorecido, sin duda, por el clima seco y frío)  es uno de los muchos pueblos blancos de la sierra granadina. Como Pampaneira, Bubión o Capileira, bellísimos ejemplos de arquitectura sencilla, eficiente y emotiva. Pasear sus calles y plazas, sus pasajes y patios, sus terrazas y miradores es una suerte de sortilegio difícil de describir.

La contemplación de cualquiera de estos pueblos, con sus admirables encalados, su armonioso asentamiento en ladera, la visión de las grandes cumbres que superan los tres mil metros, las incontables fuentes que inundan cada rincón con sus frescos y sedantes rumores… Todo un privilegio. 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Viejo puente de Briñas”

Fotocrónicas (CXLIX)

Eran aquellos tiempos, inciertos, oscuros y belicosos, de comienzos del segundo milenio en que España se iba gestando a sangre y hierro y recuperando poco a poco los territorios arrebatados por los árabes en la invasión sucedida en el año 711.     

Eran también, aquellos tiempos rudos y tenaces de castillos, calzadas, villas amuralladas y puentes. El trabajo de la piedra se hizo tan necesario, tan urgente, tan inevitable para proteger, para transitar, para alojar… que originó muchas cuadrillas de canteros que recorrían las aldeas, los pueblos, los señoríos y los reinos ofreciendo su mano de obra hábil y especializada.   

Ya en 1288 existe constancia de la existencia de este maravilloso puente de Briñas que, según Govantes, se construyó con los restos de otro puente anterior. Sea como fuere, la belleza y rotundidad de sus formas deja literalmente pasmado al buen andariego. Con certeza, pocos puentes con semejante estampa pueden hacerle sombra en La Rioja. Quizás ninguno.

La imagen está tomada desde un humilde cerro que se yergue junto al extremo oriental del puente. Desde ahí, la visión de las tierras colindantes, con el viejo puente de Briñas, el Ebro, sus choperas, los hermosos campos de labor y sus viñedos quita el aliento, sobre todo en otoño. 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Mágico hayedo de Poyales”

Fotocrónicas (CXLVIII)

Uno de los mayores prodigios forestales que tenemos el privilegio de disfrutar en la bendita tierra riojana es este pequeño y encantador hayedo, en un rincón perdido de la parte suroriental de La Rioja.

Se trata del hayedo de Poyales, situado en las estribaciones de la Sierra de Achena, en la cabecera del barranco de San Sebastián, cuyas aguas bajan a la aldea de El Villar, que perteneció antaño a Poyales y que ahora ambas son pedanías de Enciso.

Estamos en un territorio que se caracteriza principalmente por su marcada sequedad y austeridad franciscana, aspereza, estratos rocosos a flor de piel y un profuso manto vegetal en que toda clase de arbustos espinosos ponen a prueba la paciencia del andariego más templado.

Sin embargo, quizás porque cualquier lugar merece su momento de gloria, el hayedo de Poyales (en cualquier época del año, pero mucho más en otoño) se quita de encima todo pudor y explota en colores y luces de una belleza extrema que conmueve el espíritu más tosco.

La imagen está captada en el otoño 2021. Entonces, la naturaleza nos ofreció unas condiciones adecuadas para la evolución del colorido propio de la estación. Nada que ver con este abrasador otoño 2022. Por este año, nos tenemos que resignar a no disfrutar del mágico hayedo de Poyales. 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Tiempo de nueces”

Fotocrónicas (CXLVII)

A mediados de Octubre Pedroso huele a cocón de nuez, al humo de sus chimeneas y a la fragancia húmeda de su rico hayedo. En este tiempo, los vecinos recogen con mimo las nueces y las exponen con orgullo en cestos de mimbre en la puerta de sus casas. El pueblo todo se exalta al calor de este producto humilde, nutritivo y apetitoso que le ha dado a Pedroso un lugar de relieve en el mapa del mundo.

Caminar el frondoso valle de Pedroso, hasta su desgajamiento en el Serradero, es una suerte de liturgia del color que proporciona casi con alevosía la exuberancia del rico hayedo que cubre la margen izquierda del barranco. Sin embargo, en el lado contrario, la orientación Sur ha propiciado una vegetación más pobre y un bosque ralo de carrascas de discreto ropaje verde ceniciento. Es el espectáculo fascinante de las solanas y las umbrías.  

Unos metros por encima del pueblo, hacemos un alto para disfrutar con esta gloriosa panorámica. Más allá del valle de Pedroso se divisa Matute, con sus amables campos de labor. Y las peñas de Matute-Tobía, y el altivo Peñalba, y el dulce Manzanar. Y luego, todo el cordal de la Sierra de Pradilla, con la enorme riqueza forestal del hayedo de Tobía. Y allí arriba, casi en el cielo, las cabezotas levemente veladas de blanco, del San Lorenzo y el Cabeza Parda. Es tiempo de nueces, es tiempo de otoño.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Luces de plata y prusia en el Algarve”

Fotocrónicas (CXLVI)

Quien busque una naturaleza singular y privilegiada en este extremo meridional de Portugal, le ha de encantar el Algarve, sin duda. Todo su litoral Sur, desde el cabo de San Vicente (esa barbilla soberbia y desolada que apuñala sin piedad el Océano Atlántico) hasta la frontera con España (allí donde el anchuroso y maternal río Guadiana entrega sus aguas al mar) es un rosario continuo de acantilados, calas, cuevas, islotes, marismas, playas y pueblos blancos de aire andaluz.

Caminar perimetrando la costa, subiendo y bajando las barranqueras, es una tarea ardua. Navegarla por mar a bordo de embarcaciones de todo tipo de pelaje, resulta, sin embargo, una experiencia lúdica que emociona. Mar adentro, es cuando a uno se le estremece el alma observando cómo la fuerza de las mareas crea arte a la par que destruye las paredes de piedra.

Al atardecer, el cielo se ha tornado tormentoso y el sol logra abrirse paso desde el Oeste pintando con brillos dramáticos una escena que parece infundir calma y belleza. En Carvoeiro, uno de los pueblos más hermosos  de la región, el autor de la imagen se embelesa, los dedos se le hacen agua y los ojos se le llenan de asombro con las luces de plata y prusia del Algarve.   

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“La piel cuarteada del Camero Viejo”

Fotocrónicas (CXLV)

La historia del Camero Viejo es tan larga como cambiante, tan pujante como amarga, teñida de profundos recuerdos y también de tenaces olvidos. Todo ello cabe en más de mil años de vida, desde que a inicios del segundo milenio surgieran los primeros asentamientos pastoriles, en aquellas tierras cubiertas entonces de densas masas boscosas de hayas, robles y carrascas. 

Aquello fue el comienzo de un modo de vida, de una economía basada en esencia en la crianza de ovejas y de cabras. En 1273, la creación de la Mesta favoreció de forma crucial la ganadería y el auge durante siglos de una industria textil que dio muchos puestos de trabajo y convirtió Cameros en una de las comarcas más ricas de España. Pero todo esto se vino abajo como un castillo de naipes con la Industrialización en Europa. Los siglos XIX y XX fueron terribles y la despoblación arrasó buena parte de la sierra.

El lado oscuro de aquella economía basada en la lana merina era la tala de miles de hectáreas de arbolado a fin de crear pastos para los rebaños. La consecuencia atroz de esa acción fue un empobrecimiento crítico del suelo, incapaz en muchos casos de generar nuevo bosque.

La imagen está tomada desde las eras de Trevijano, dando vista a Soto, a su orografía dislocada, a sus bancales baldíos en donde un día se sembró para extraer el salario del hambre. Una piel cuarteada en la que, poco a poco, renace la vida.

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Mogrovejo, delicias de pueblo viejo”

Fotocrónicas (CXLIV)

Una de las más hermosas comarcas de España es, sin duda, la Liébana. Sus paisajes alternan de forma encantadora prados, bosques, valles, arroyos y pueblines de un bucolismo arrebatador. Amén de que en su territorio se yerguen parte de los Picos de Europa, esas moles de piedra caliza que parecen gritos de piedra y que atentan contra la ley de la gravedad.

De los tres macizos de Picos, el más oriental (conocido como Ándara), eleva su mayor cumbre hasta los 2444 metros de la Morra de Lechugales, y sus vertientes meridional y oriental se abaten hacia el río Deva (que nace en Fuente De y tras 66 km. regando las tierras lebaniegas, vierte las aguas al Cantábrico cerca de Unquera).

Uno de tantos pueblos que se recuestan en las laderas del macizo Oriental es Mogrovejo, perteneciente al municipio de Camaleño. Desde sus 460 metros de altitud, es decir, 2000 metros por debajo del punto álgido en la Morra, los desplomes de los Picos quitan el hipo y el aspecto mineral cohíbe. Este delicioso pueblo encandila porque ha sabido reconvertir con sensibilidad su economía, conservar el legado tradicional en aperos y cuidar su cautivadora arquitectura. Delicias de pueblo viejo.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Los ojos verdes de la Fuentona”

Fotocrónicas (CXLIII)

Quizás todo fuera diferente sin ese halo de misterio que envuelve este paraje excepcional que se esconde cerca de Muriel de la Fuente, en la sierra de Cabrejas, tierras de la olvidada Soria. Probablemente, la Fuentona no resultaría tan fascinante sin ese color verde profundo y trasparente con que mira y seduce al viajero que se acerca a ella desde un entorno seco en extremo y que no presagia un vergel tan breve como intenso.

El agua de la Fuentona alimenta el río Abión, afluente del río Ucero, que lo es a su vez del Duero. Las entrañas kársticas de esta surgencia son motivo de constantes inmersiones y ofrece unas condiciones complejas y fabulosas para el espeleobuceo. Cavernas, pasajes y oquedades (con o sin agua) ponen a prueba la pericia de quien se sumerja en sus nítidas aguas.

No cabe duda que la literatura ha echado su cuarto a espadas para crear una aureola de misterio y fascinación. Gustavo Adolfo Bécquer conoció este lugar y de la seducción surgió una de sus celebradas Leyendas, que tituló precisamente «Los ojos verdes». Ahora, tomo unos versos de otro poeta, el mexicano Salvador Díaz Mirón que en su poema «Ojos verdes» dice:

Ojos en que reverbera la estrella crepuscular,

ojos verdes como el mar, como el mar por la ribera,

ojos de lumbre hechicera, que ignoráis lo que es llorar.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla