Archivo de la categoría: Fotocrónicas

“Un mar de acuarela”

Fotocrónicas (CXLII)

Para los que somos de tierra adentro, el mar tiene una sugestión muy especial. Quizás sea porque su ausencia nos crea querencia, que diría el poeta. O quizás, porque de cuando en vez necesitamos cambiar el horizonte quebrado de nuestras montañas por la línea infinitamente recta del océano.  

Sea como fuere, cada vez que nos acercamos al mar nos embarga una suerte de encandilamiento, una fascinación pareja a la que sentimos cuando contemplamos abrumados la bóveda perfecta del firmamento, cuajado de estrellas que parecen guiñar sus ojillos traviesos.

A veces galán, a veces truhán, el mar (o la mar) tanto regala como quita, golpea como acaricia, arrulla como asusta. Camaleónico, imprevisible, engañador, sorprendente, colérico, risueño, huraño, seductor… Casi todos los adjetivos de nuestro prolijo léxico castellano le sientan bien. 

La imagen está tomada en la ría de San Vicente de la Barquera, en la que desaguan los ríos Escudo y Gandarilla antes de alcanzar el Cantábrico, y que forman un estuario magnífico en el que el flujo de las mareas anega o saca a la luz un rico territorio de marismas.

Ese día, la mar estaba en calma… y la bruma crecida, que diría de nuevo el poeta, y una luz difusa convertía la superficie del agua en una lámina plateada y daba a las barcas una materia ingrávida, un acabado como de acuarela. Pura delicia.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Filigrana en piedra”

Fotocrónicas (CXLI)

El andariego, que tiene una querencia exacerbada en deambular por las callejuelas de cualquier añejo caserío, degusta con glotonería tantas golosinas como se encuentra en este hermoso pueblo del Camero Viejo.

Casi no hay tregua, los motivos de contemplación y de admiración se le amontonan, le hacen detenerse de continuo y la cabeza se le ha llenado de ideas y de dudas, de atrevimientos y de pudores. La fotografía puede ser radicalmente respetuosa, pero también ferozmente invasora.  

Por eso, porque el andariego prefiere quedarse corto que pasarse, hace suyo antes el paisaje que el paisanaje y agradece en esta mañana cálida de Junio pasear por sus calles vacías y sonoramente silenciosas.

El gustoso uso de la piedra, los blancos revoques que enlucen las fachadas, los entramados de madera que geometrizan los espacios, los arabescos de las forjas, la candorosa humildad del adobe…

Y las puertas… Una locura. Viejas y hasta ajadas, de mayor o menor mérito, pero puertas nobles al fin, que piden a gritos robarles el alma con mi Olympus. Con todo, ese día, el andariego se da de bruces con un rincón que le hace salivar de emoción. Mira el suelo y se fascina ante lo que contempla. Pura filigrana hecha piedra en Terroba de Cameros.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“San Juan de Gaztelugatxe”

Fotocrónicas (CXL))

Doscientos cuarenta y un escalones. No, no es el título de ninguna película, ni de serie en boga en alguna plataforma de moda. Son los peldaños que hay que ascender para alcanzar la “Peña del Castillo”, o Gaztelugatxe, en euskera. Un atrevido risco que apuñala el mar con su afilada daga.

Allí arriba, en este promontorio que huye de la tierra firme entre Bakio y Bermeo, nos espera la entrañable ermita de San Juan, erigida a comienzos del segundo milenio y que a lo largo de otros mil años ha sufrido las más duras galernas del Cantábrico, sucesivos incendios y hasta saqueos corsarios de piratas, como el de Francis Drake en 1593.

No obstante, es la fuerza incontenible del mar, con su paciencia infinita y tenaz, quien ha ido modelando poco a poco su orografía, descarnando este roquedo, creando pequeñas playas de piedra y labrando hermosos arcos, cuevas y túneles.

Por eso, porque este tirabuzón de piedra es un rincón fascinante, un lugar impregnado de tradiciones y leyendas, de creencias y magia, merece la pena acercarse hasta allí, subir los doscientos cuarenta y un escalones, dejarse llevar por la sugestión y tirar tres veces de la cuerda que voltea la campana de la ermita. Aunque ello nos depare alguna sorpresa inesperada.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“La Rioja más alpina”

Fotocrónicas (CXXXIX))

Desde la Muela de Urbión, a 2.229 metros, el mundo parece estar al alcance de la mano del montañero que se ha atrevido a llegar a la cumbre más alpina de las sierras riojanas. La majestuosidad del paisaje abruma, literalmente, y el pulso se altera tanto por el esfuerzo realizado como por la emoción de sentirse un privilegiado.

Las vías para ascender a esta hermosa montaña son múltiples: desde la Laguna Negra, o bien subiendo por el Revinuesa, o partiendo desde el Puerto de Santa Inés, o remontando el río Urbión desde las Viniegras, o en una travesía más larga desde el Puerto de El Collado, en la parte de Neila, o desde Duruelo, o desde Covaleda… Un abanico variado y muy sugestivo para, al fin, alcanzar el premio de coronar el punto álgido de la sierra de Urbión.

  En su vertiente norte, cuatro valles largos y bravíos se desprenden del cordal cimero para descender en dirección Norte, hacia tierras riojanas. El Río Frío baja del Muñalba, pasa por Neila y entrega sus aguas al pantano de Mansilla, en Villavelayo. El Portilla nace en el Tres Provincias y termina muriendo también en el embalse de Mansilla. El Urbión surge a los pies del pico que le da nombre y desagua en el Najerilla, en la Venta de Goyo. Y, por fin, el más oriental, el Hormazal, ve la luz en Hoyo Oscuro, pasa por Viniegra de Arriba y regala sus aguas al río Urbión en Trambosríos.

El montañero, que acaba de alcanzar la Muela de Urbión, se maravilla ante la belleza de la laguna de Urbión, medio helada aún en el mes de Mayo, acurrucada en el regazo del Peñas Claras. Delicias de la Rioja más alpina… 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Una habitación con vistas”

Fotocrónicas (LXXXVIII)

Mientras la Naturaleza sigue su inexorable mutación estacional, ajena a cualquiera de los afanes que ocupan y preocupan a la humanidad, alguna de sus obras claudican ante el abandono del medio rural y el paso del tiempo.

En ocasiones, el andariego se encuentra imágenes como la presente y no puede sino reflexionar ensimismado ante el contraste tan punzante que ofrece esta casa en ruinas. Abierto su tejado a los cielos riojanos, una de sus habitaciones conserva esta ventana llena de candor, que mira con melancolía y sin cristales hacia un paisaje cuajado de belleza primaveral.

Estamos en San Andrés de Cameros, aldea de Lumbreras que se libró de morir anegada por las aguas del embalse de Pajares. Pero el tiempo, más paciente, menos exaltado, va cobrando su tributo en aquellas construcciones que dejaron de servir para algo útil y se han convertido en una habitación con vistas, en un museo al aire libre con entrada libre.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Larga vida para Lanuza”

Fotocrónicas (LXXXVII)

Cuando en los años sesenta del siglo pasado se decide la construcción del embalse de Lanuza, la vida de este pequeño pueblo pirenaico del Valle de Tena parece sentenciada tras siete siglos de existencia. En los años setenta quedó totalmente vacío de forma dolorosa e irracional. La decisión de decrecer el nivel de las aguas llegó tarde, cuando los vecinos habían vendido sus propiedades y cerrado las puertas.

En los años noventa, se inicia un progresivo retorno y una tenaz tarea para tratar de recuperar las casas que habían quedado por encima de la inundación. Hoy en día, Lanuza ofrece un aspecto tan hermoso que cuesta creer que este asentamiento estuvo condenado a muerte.

Suerte bien distinta habían corrido decenas de pueblos y aldeas del Pirineo y del Sobrepuerto oscense: Ainielle, Oliván, Escartín, Fablo, Acín, Berbusa, Sasa, Cillas, Susín, Asqués, Larrosa, Bescós, Yosa, Villanovilla… Resulta terrible imaginar la hemorragia que desangró hasta la extenuación a buena parte del territorio montañés del norte de Aragón.

Estamos en el Valle de Tena cuyo río, el Gállego, viene desde el puerto de Portalet, en la frontera con Francia, y muere 193 km. después en el Ebro, cerca de Zaragoza. En la imagen podemos contemplar el grito de piedra que parece exhalar la soberbia Peña Foratata, y a sus pies, el embalse de Lanuza  y el pueblo del mismo nombre. ¡¡¡Larga vida para Lanuza!!!        

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Primeros brotes”

Fotocrónicas (CXXXVI)

Antes de que se diluyan los últimos fríos invernales, los bosques comienzan a rebullir. El pálpito vital, suspendido durante lo más crudo de la estación, parece volver a temblar.

 Las dehesas cameranas, reliquias de un tiempo de esplendor ya casi olvidado, renacen paulatinamente. Ello es más evidente en los hayedos, más tardío en los robledales y apenas perceptible en los encinares.

Va quedando atrás el tiempo de la desnudez, del ropaje adusto y espartano, en nuestros bosque caducifolios. Y se barrunta en el aire la efervescencia vegetal de la primavera. 

 La imagen de hoy está tomada en el barranco de Valderraquillos, en el viejo camino de Soto a Luezas. Un manchón de bosque va anegando la umbría del barranco con tenacidad, llenando de robles y de hayas esos parajes no hace tanto poblados apenas por una marea arbustiva. Unos brotes incipientes en los minúsculos extremos de las ramas se encienden de luces cárdenas con el tibio sol del atardecer. Primeros brotes.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Aguas de primavera”

Fotocrónicas (CXXXV)

El invierno se nos fue dejando tras de sí una estela de tierras calcinadas, cultivos agónicos, arroyos exhaustos y embalses bajo mínimos. Consecuencia de una tendencia que parece irreversible y a la que se ha dado en llamar calentamiento climático.

Pero por aquello de que con el tiempo no hay quien pueda, Marzo ha traído agua a raudales en otras zonas de España y con la llegada de Abril, frío y nieve también por nuestra bendita tierra riojana. No es inusual la nieve en Abril, pero lo que sí sorprende es ver nevar en cotas tan bajas.

 La nieve de primavera dura poco y moja mucho… el suelo. Y enseguida encharca los montes y los campos y engorda los arroyos y los ríos. Y a poco que caliente el sol, la tierra se esponja y revienta en brotes y hierbas, en flores y frutos. La primavera en explosión de manera desmedida.

La imagen está tomada en el Camero Viejo, en el arroyo Santa María, cerca de San Román. A los pies de la aldea del mismo nombre se juntan los arroyos Hayedo, Antoria y Val de Murcia. Desde aquí se le conoce como Santa María, que desagua en el Leza tres kilómetros más abajo.

Cuando lleva suficiente caudal, que es el caso de estos días, es un arroyo con ínfulas que forma cascadas y pozas realmente encantadoras. Nieves de Abril, aguas de primavera.

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“El Camino que nos lleva”

Fotocrónicas (CXXXIV)

A finales de Febrero la noche se echa temprano, más aún ese día en que el tiempo, plomizo y brumoso, cargado de presagios de lluvia, se obstina en mostrarse triste y desamparado.

Pero, pese a ello, el peregrino se encuentra animoso y fuerte. La noche anterior durmió en Nájera y ha caminado muy a gusto entre las amables tierras onduladas de Azofra, Cirueña y Santo Domingo.

 Las viñas todavía duermen el sueño invernal, pero el cereal apunta con gallardía sus breves tallos verdes que, con la leve brisa de ese día,  semejan el hipnótico vaivén de un mar somnoliento.

El peregrino tiene una querencia desmedida por la contemplación, no lo puede evitar, y va pensando en esas cosas que le asaltan morosamente mientras la tarde vence, mientras se acerca plácidamente al albergue de San Juan Bautista, en Grañón.  

El Camino de Santiago pasa, entre Santo Domingo y Grañón, junto a la Cruz de los Valientes. Un lugar que recuerda unos hechos acaecidos en la Edad Media, en que Martín García ganó para Grañón la propiedad de una dehesa en una pelea cuerpo a cuerpo contra un vecino de Santo Domingo. Reflexiona el andariego, recordando esta antigua historia, que bien pensado el peregrino no hace el Camino, es el Camino el que va haciendo al peregrino, modelándolo a medida que camina. El Camino que nos lleva.

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla

“Nieves postreras en Pirineos”

Fotocrónicas (CXXXIII)

Se nos marcha otro invierno sin pena ni gloria en lo que se refiere a precipitaciones de nieve. A fuerza de repetir, como un mantra, la letanía del calentamiento global, vamos asumiendo con lacerante resignación que esto es así, que no tiene vuelta de hoja. 

Pese a ello, el buen montañero sigue disfrutando con cándida emoción y sentido agradecimiento con lo que la Naturaleza, cual si fuera un hábil y exuberante prestidigitador, sigue sacándose de su inacabable chistera.

 Y cuando en la bendita tierra riojana, el hecho de contemplar nieve en sus montañas resulta un ejercicio de fe imposible, hace una escapadita a Pirineos para disfrutar con sus ropajes de invierno, con su privilegiada orografía, con sus formas, texturas y colores que tanto incitan al andariego.

La imagen de hoy está tomada a finales de Febrero, en la zona de Larra – Belagoa, en el límite entre Navarra, Huesca y Francia. Mirando hacia el Oeste podemos contemplar las moles poderosas del Lákora y Lakartxela, que yerguen sus laderas meridionales colgadas sobre el paradisíaco circo que forma el Rincón de Belagoa. Nieves postreras de un invierno cicatero.

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla