Fotocrónicas (CXI)

De repente, una mañana descubrimos que algo indefinible gravita en el aire. Las nieblas, que ocultaban el paisaje como un sudario blanco, se han diluido casi sin sentir, como lluvia entre los dedos. Y entonces, como por arte de magia, la Naturaleza nos ha ofrecido un paisaje lleno de matices, de puntillas, de leves pinceladas de tonos pastel, como sin terminar de cuajar. Todo ello forma un delicado trabajo propio de las manos hábiles del mejor maestro orfebre.

Un frescor, que todavía evoca la memoria del invierno, inunda la tierra y se funde con la blandura y fragancia que trae consigo la primavera. Se respira bien, a gusto, casi se paladea con glotonería tanto aroma nuevo que está de estreno en nuestro alrededor. El suelo se esponja, al fin liberado de la tenaza tiránica del invierno y de sus crudos fríos, y comienza una enloquecida carrera hacia la fecundidad.

La imagen está tomada en la hermosura del piedemonte de la Sierra de Cantabria. En concreto, en los campos de cultivo cercanos a Cripán. Tierra de viñas y cereal, de almendros y olivos, de bosquetes de carrascas, de humildes regatos saltarines que buscan el Ebro acompañados por las místicas siluetas de los chopos, impagables centinelas de las tierras de labor. La primavera ha venido… 

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla