Fotocrónicas (XCII)

Cuando media Octubre, día arriba o día abajo, los chopos que acompañan con celo el río Duero se cuajan de una hermosa pátina dorada que asemeja la piel del membrillo. El amarillo es el color del otoño. Bien es cierto que no es el único que invade en esta época los bosques y campos tiñendo el paisaje con una rica paleta de color. Pero sí que es el más relevante. 

Los verdes incendiados de la primavera se fueron amustiando poco a poco entre los hervores del verano. Y el otoño llega con lluvias y frescuras, y árboles y arbustos se recogen en sí mismos y cortan el flujo del alimento a las hojas. La transmutación que se produce es uno de los mayores milagros de la Naturaleza. Y se repite cada año. Un prodigio que tenemos ahora mismo entre nosotros y que merece la pena disfrutar a pecho abierto.

La imagen está tomada a orillas del Duero, a su paso por la capital soriana. Como dijo el poeta, sus chopos tienen usía, el cándido asombro de lo increíble. Verdaderamente, resulta un privilegio acercarse hasta allí para pasear sus riberas, de abajo arriba y al revés, por un lado y otro del río, y empaparse con los fulgores, amarillos como la piel del membrillo.   

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla