Fotocrónicas (CXIII)

La magia fascinante que encierra un hayedo no es fácil de encontrar en otros bosques. Cada cual lo siente a su manera, cada quien lo justifica a su modo, pero es innegable que un halo mágico encierra estas frondosidades anegadas de hojas, leñas y musgos de cien otoños. A mi entender, una cuestión decisiva juega en favor de los hayedos. El espacio, el aire y la luz.

No en vano este árbol es tremendamente depredador con el sotobosque, con otras especies arbóreas y con sus mismos retoños. Los hayedos sanos y bien desarrollados tienen un aspecto casi adehesado. Cada tronco lucha por su distancia, por los jugos del suelo, por la bendición del sol que se cuela entre sus holgadas ramas, bañando con mimo todo el bosque.

De esta forma, andar por estos entornos tan rabiosamente estéticos y embriagadores, suele ser con frecuencia una experiencia absolutamente maravillosa que difícilmente deja insensible. Cualquier caminante atento a lo que se ofrece a su alrededor encontrará motivo más que suficiente para la contemplación, el disfrute, la fotografía, el dibujo y hasta la poesía.   

La imagen de hoy está tomada en la Sierra de Urkilla. Un espacio de transición entre dos moles calcáreas de primer orden: el Aizkorri y el Aratz. La encantadora Sierra de Urkilla limita la muga entre Álava y Guipúzcoa y, además, su cresterío divide las aguas entre el Cantábrico y el Mediterráneo. Aquí, la magia del hayedo avasalla el ánimo del andariego.   

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla