Fotocrónicas (XCVI)

Que el otoño es la estación de la fecundidad a nadie se le escapa. Al menos aquí, en este territorio que habitamos, es la época en que la mayor parte de los frutos terminan por madurar y son recogidos y aprovechados antes de que los rigores del frío obliguen a la Naturaleza a sumirse en el duro letargo invernal. Más o menos desde mediados de Septiembre y hasta bien entrado Noviembre hay en el aire una sensación de opulencia y de  bienestar en esta bendita tierra que nos ha tocado en suerte habitar. 

Caminar por las riberas, por las tierras de labor, por los campos incultos, por el sugestivo piedemonte que precede a la sierra, por la montaña silvestre o domesticada, pero cuajada de un rico repertorio de árboles y arbustos… Caminar y hacerlo además en la época otoñal, es un privilegio que no se puede pagar porque los sentidos no dan abasto ante tanto prodigio.   

La imagen de hoy está tomada en el camino entre Labraza y Moreda, dos pueblos alaveses en el piedemonte que cae desde la Sierra de Cantabria hasta el Ebro. Tierras de cereal y viñedo en buena medida, pero también de bosquetes de carrascas que, llegado el otoño, se liberan de su valioso fruto: la bellota. El andariego, ese día, arrodillado en la tierra y manteniendo la respiración, disparó su cámara asombrado ante esta alfombra de abalorios.

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla