Fotocrónicas (LXXXIV)

Pasada la Virgen de Agosto, los campos de cereal apenas conservan un mínimo rastro de humedad y se agostan sin remedio entre los sofocantes vapores de la canícula estival. Ya entregaron lo mejor de sí mismos, bajo el peso poderoso de las cosechadoras, semanas atrás. Ahora, duermen el sueño agrícola a la espera de reiniciar un nuevo ciclo.

De camino por estos hermosos campos cosechados, me detengo cada poco y contemplo y admiro y mientras dispongo el afilado ojo de mi Olympus, me vienen a la memoria los versos de la poetisa gallega Rosalía de Castro:

     «Los que tras de las fatigas / de una existencia azarosa /

          al dar término al rudo combate / cogen larga cosecha de gloria».

Las luces de una cálida mañana de verano inciden rasantes en las suaves laderas que caen por el piedemonte de la Sierra de Cantabria hacia la llanada del Ebro. Son tierras de Meano y de Yécora, esencialmente de monocultivo cerealista, de moderados pliegues y salpicadas de armoniosas sombras que provocan los bosquetes de carrascas y alguna casita de aperos. Los rastrojos y la huella indeleble del laboreo de las cosechadoras ponen una textura delicada al suelo, como el peine sobre un cabello rubio. 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla