Fotocrónicas (LXXXIX)

         Difícilmente podemos imaginar el grado de involución que supuso para toda la población la caída del Imperio Romano, allí por el año 476 de nuestra era. El nivel de control, organización y progreso que había implantado Roma durante siglos quedó arrasado y la población, sobre todo en el medio rural, tuvo que ingeniárselas para, literalmente, sobrevivir. 

El eremitismo, que se prodiga sobremanera en los primeros siglos de la Alta Edad Media, se entiende más como un modo de supervivencia que como una forma de vida. La falta de gobierno y de seguridad lleva a una parte nada desdeñable de la sociedad a buscar una vida retirada, incluso en soledad, en territorios alejados y extremos. Una existencia al límite.

Supe hace poco de la existencia de los palomares de Nalda y con el verano a punto de agonizar, me acerqué desde el pueblo dando un paseo campero. La realidad superó de sobra la previsión. La luz blanda ayudó para captar la magia del lugar, la increíble dimensión de la obra, el trabajo de la piedra, la textura granulosa de la arenisca roja, la geometría perfecta de los cientos de oquedades… Elegí el blanco y negro para acentuar el hermoso contraste entre la luz de las paredes y la sombra de esos huecos que fueron en su origen relicarios y que, siglos después, se convirtieron en palomares.   

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla