Fotocrónicas (LXXXVI)

Allá por el siglo XI la antigua Lagunilla se menciona de esa manera en el Fuero de Nájera otorgado por el rey Sancho III. Siglos después, en una escritura de permuta entre el Abad de San Martín de Albelda y el de San Prudencio del Monte Laturce, se manifiesta el cambio de lugar del pueblo. Este hecho acaece en el siglo XIV, debido a la inestabilidad de la tierra en que se asentaba el caserío hasta entonces, junto a la ermita de Villavieja. Pese a ello, durante varios siglos siguió habiendo población en ambos lugares. Hasta que en 1819, un enorme cataclismo en la zona conocida como El Arca, arrasó las últimas casas. De esta forma, el viejo asentamiento quedó sellado bajo toneladas de tierra y rocas y ya solo pervivió el actual emplazamiento.    

En el verano del año 2000, caminando hacia Zenzano, hice un breve alto cerca de la ermita de Villavieja para fotografiar el paisaje que quedaba atrás. Este pueblo tiene duende, sin duda. Quizás sea por el contraste extremo entre la tierra yesífera, áspera y pobre de sus montes, y la fértil vega, reticulada en mil huertos, que se derrama junto al río Salado. Quizás por ese innegable aire de población árabe, arracimada en torno al cerro, al amparo de su atrevida torre de San Andrés. Quizás por esa aureola de pueblo decadente que baña, como una pátina vieja, hasta la última piedra.     

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla