Fotocrónicas (CXIX)

Desde la cima del Jaizkibel, en Gipuzkoa, las laderas que miran hacia el Norte se precipitan al mar con enloquecida determinación. El suelo se cubre de un espeso manto vegetal y los barranquillos se despeñan cantarines buscando fundir sus aguas dulces con la sal del Cantábrico. Uno de esos barrancos es el Gastarrotz y donde se encuentra con el mar se ha producido un prodigio que merece la pena conocer.

Internet y las redes sociales han divulgado y ensalzado los encantos de este pequeño territorio, desconocido en buena medida para la mayoría de los mortales con carnet de montañeros. No es fácil andar por este paraje quebrado, torturado por los embates del mar, anegado de argoma y helechos

La erosión sufrida por la piedra arenisca que aflora de las entrañas del Jaizkibel, la ha cincelado y pulido durante millones de años hasta límites casi irreales. Una tarea de orfebrería inacabable que nos ofrece geoformas escultóricas y lienzos de colores de una belleza y composición increíbles.

Como bien sabe el montañero, cada jornada trae su misterio. Y en Labetxu la luz cambiante y veleidosa nos abre un nuevo escenario de visión. Una locura, una sinfonía, una suerte imprevisible de fascinación.

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla