Fotocrónicas (CXXI)

El mar, decía el poeta, es el gran modelador. Lo tiene todo: una fuerza incontenible, una insistencia obstinada y un tiempo infinito. De esta forma, la piedra kárstica que forma estos roquedos es casi un terrón de azúcar en donde el agua juega a modelar grietas y agujeros, oquedades y aristas. Formas caprichosas que invitan al agudo ojo del montañero a demorarse en la contemplación.

¿Qué hay de singular en este paisaje rocoso que lo hace diferente al terreno habitual que transitamos en nuestras queridas montañas? El mar, sin duda. Su color, tan mutable como los cielos; el olor salino que satura la nariz; el rumor oscilante de las mareas, que arrulla o que asusta.

Pero, aún más, ese capricho salido del cincel enajenado del agua en constante movimiento, nos lleva a pensar que la Naturaleza es capaz, a la vez, de crear y de destruir, en un proceso inacabable que fascina.  

La imagen de hoy está tomada en la playa Cuevas del Mar, en el municipio asturiano de Llanes. Durante la marea baja, este monstruo de piedra nos traslada a épocas muy antiguas en que terribles animales poblaban la Tierra, saciaban su hambre con crueles peleas y su sed sanguinaria abrevando en ríos y playas. Un regreso al Pleistoceno. O casi.   

 

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla