Fotocrónicas (CVII)

Escribe Ernesto Reiner en su magnífica obra “Viaje por el Camero Viejo»: “A mediados del siglo XVIII, un hijo de este lugar, Francisco Javier Sánchez Cabezón, llegó a obispo de la diócesis de Astorga. Y un día hizo a su pueblo natal un regalo espléndido, una iglesia nueva al estilo y gusto de aquel siglo, con cúpula y linterna, tejadillo de pizarra y con un interior amplio, alegre y con mucha luz natural, fresco en verano, cálido en invierno, en el que no sabe nadie lo a gusto que se encuentran hoy en día los ganados”.

Un siglo más tarde disponía de cirujano, médico, boticario, organista, sacristán y dos curas. Amén de la inmensa iglesia en honor a San Martín, tenía tres ermitas: la de Serrias (en un cerro, colgada sobre el Leza), y la de San Blas y la de San Martín. En aquel tiempo, contaba con 250 almas. Treguajantes ha sido aldea de Soto desde siempre. Con la despoblación de los años setenta, Luezas y Trevijano se añadieron también al Ayuntamiento.

La imagen está tomada desde La Atalaya, con el teleobjetivo a tope. Como telón de fondo, las laderas nevadas de la Sierra Ferneda. Por el lado izquierdo le bajan desde Agriones las aguas del barranco de San Blas; por el derecho, desciende el arroyo de la Redonda desde el collado de La Monjía. Juntos desaguan en el Aguas Buenas, que a su vez entrega su tesoro al Leza, cerca de Terroba. Treguajantes, en lo que cabe, ha tenido suerte. La pista abierta hace años, tras su abandono, le ha dado una nueva oportunidad. Quizás sea porque Dios escribe recto con renglones torcidos. Quizás.                

Texto y fotografía: Jesús Mª Escarza Somovilla