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“El río y el barranco”(Obarenes / 19-04-2015)

Qué alegría ver el autobús lleno, cuarenta y siete bien contados, que para eso nuestro tesorero lo hizo tres veces hasta que pilló al polizón. Y como dicen en mi pueblo, “carretera y manta”, si nos perdimos un poco o más bien si no fuimos por el camino más corto, es un tanto lógico, tampoco vamos a pretender que el chofer, llamándose Vladimir, conozca Castilla en toda su anchura… otra cosa sería si se llamase Josito, pero ya sabemos, estamos en las redes de la globalización y la pela es la pela.

Nada más llegar a nuestro lugar de partida, el pueblecito de La Rad, ya vimos que no éramos los únicos que ese día íbamos a recorrer esos parajes, había otra excursión que se nos había adelantado, luego comprobamos que no éramos dos excursiones, sino tres, que ya es multitud según dicen, aunque a algunos se nos ocurran muchas cosas para hacer siendo un trío, pero en ese caso no, fuimos perfectamente organizados, sin molestarnos en absoluto, será otra cosa de la globalización, lo habremos aprendido de los alemanes???

La verdad es que salimos a buen trote, e ir descendiendo en busca del río, al que encontramos en el Molino del Zurdo, y ya nos empezó a enamorar este río Rudrón con la bonita cascada de El Tobazo. Pero como la mañana parecía tranquila y estaba previsto, recordar que somos europeos y bien organizados, nos fuimos a visitar el pueblo de Moradillo del Castillo y aprovechar para echar “un bocao” como también dicen en mi pueblo, un pueblo de los que va cambiando a medida que sus habitantes de fin de semana o de veraneo van teniendo posibles para rejuvenecer sus casas, pero conservando esa esencia de pueblo viejo.

Ya con las energías recargadas con el almuerzo, nos vamos a recorrer nuestro río, siempre bien vigilado y tutelado por el impresionante barranco, barranco y río, río y barranco. Todos comentamos la belleza, la tranquilidad, la trasparencia de sus aguas, vamos que nos tiene ya encandilados y como a amantes jóvenes nos va llevando a lo largo de su recorrido.

Nuestros organizadores, con muy buen criterio y para ganarnos el sueldo como montañeros que somos, nos tenían previsto la subida al pueblo ya en ruinas de Ceniceros… qué gozada de subida, tomándole la medida al barranco y valorando más aún si cabe el paraje tan bello que estábamos recorriendo.

Luego de vuelta al río, eso sí, tras haber saludado como buenos vecinos a los compañeros de la otra excursión. El río seguía estando precioso e incluso volviéndose un poco más bravo, lo justo para admirar su eterno juego de poder con su compañero el barranco.

Pero ya se sabe, “hasta el rabo, todo es toro”, y esta vez iba a ser el barranco el que nos mostrase su bravura, permitiendo el paso y encajándonos un buen aguacero, hasta con un poco de granizo, pero como también vio que nosotros somos bravos y no nos arrugamos tan fácilmente, se olvidó de nosotros y nos dejó llegar al pueblo de Hoyos del Tozo algo mojados, pero con el sol como compañero para la hora de la comida. Cuidado que tuvo buena idea el que inventó eso del comer y no digamos nada el del beber!…

Pueblo agradable éste de Hoyos del Tozo, pudimos admirar otra cascada, esta se llama de la Coladera y hasta pudimos tomar un café, de los bien preparados.

Ya solo nos quedaba ascender un poco, para hacer una buena digestión de la comida e ir viendo las impresionantes paredes de esa muralla que es nuestro barranco, que sirven de protección a su morador, el río.

Tras la subida todo es alegría y paso ligero para llegar al pueblo de Trashaedo, donde confiábamos que estuviese Vladimir para llevarnos de vuelta a casa, a las orillas de otro río, el padre Ebro, sabiendo que esas aguas que hemos estado viendo todo el día, tarde o temprano van a pasar de nuevo a nuestro lado.

Benito Díez Jalón