Resulta conveniente, y hasta terapéutico, retomar esta cuestión que es tan vieja como la propia humanidad y que evoluciona en función de los derroteros que toma esta civilización que nos ha tocado vivir.

Algunos de quienes lean estas letras habrán conocido aquellos tiempos en que todavía quedaba una importante población en las zonas de campo y de sierra riojanos. Entonces, por pura necesidad, los caminos se transitaban y atendían de manera habitual.

Luego vino la sangría de la emigración, que hizo perder en pocos años la mayor parte de los vecinos de esos pueblos y aldeas. Y con su “huída», la ingente red de sendas y caminos entró en un inexorable declive y deterioro.  

A partir de los años setenta y ochenta del siglo pasado, se produce un paulatino retorno al medio rural. Si bien eran, en su mayor parte, escapadas para realizar actividades deportivas, sobre todo montañismo y senderismo.

Ello propició la recuperación y hasta la balización de un importante número de senderos de toda condición, bautizados para la ocasión con nombres y siglas acorde con la nueva moda que imperaba: Sendero Local, Sendero de Pequeño Recorrido, Sendero de Gran Recorrido, Calzada Romana del Iregua, Vía Verde del Cidacos (o del Oja), Itinerarios por el Valle de Ocón, Senderos por el Parque Cebollera, La Naturaleza de las Siete Villas, Rutas entre Hayedos… por poner solo unos ejemplos.

Vías que habían sido desde siempre caminos de herradura por donde circulaban ganados, caballerías y personas y que ahora recibían el regalo de otra oportunidad para cumplir una nueva misión.

Las modas iban cambiando y las posibilidades en aumento. Y así llegamos a una situación que se ha instalado desde hace lustros entre nosotros: el uso de los caminos para transitar con vehículos de motor o de pedal, de dos o cuatro ruedas, para realizar recorridos camperos o montañeros por donde hasta hace pocos años todo movimiento o esfuerzo era pedestre. A pata, vamos.

Los quads, las motos, y las BTTs han tomado al asalto nuestros territorios camperos y montaraces. Aureolados de un aire deportivo y saludable, esparcen por esos paisajes un aroma de libertad, dominio y competitividad.

¿Pero cuál es el lado oscuro de esta nueva invasión metálica? El uso excesivo de los viejos caminos por estos ingenios mecánicos está produciendo un deterioro notable y acelerado de los suelos. No hay más que darse una vuelta por muchas tierras de nuestra geografía riojana para darse cuenta de las rozas abiertas por terrenos de toda condición.

No me refiero ahora a esas horribles cicatrices que marcan de manera terrible laderas de terrenos en general empobrecidos (y por ello muy sensibles a la erosión) y por los que nunca han transitado viejos caminos. Esta cuestión colateral sería motivo de otro escrito al respecto.

No, ahora me refiero a esos caminos que han sido vía de comunicación entre pueblos, términos y pagos desde la noche de los tiempos. Caminos que ahora están siendo usados de manera desmedida y, sobre todo, inadecuada. Y la evidencia del daño está ahí, a la vista, para el que quiera ver.

La cuestión, entiendo, se nos ha ido de las manos. Y ahora, ¿quién pone puertas al monte? No es fácil encontrar una solución simple a un problema complejo. Sin embargo, se me ocurren multitud de preguntas:

  • ¿Habría que limitar el uso de los caminos para estas máquinas?
  • ¿Restringir su tránsito exclusivamente a las pistas de vehículos?
  • ¿Delimitar las competiciones a determinadas zonas perimetradas?
  • ¿Legislar de forma más adecuada las sanciones por incumplir la normativa existente?
  • ¿Autorizar a la guardería forestal a intervenir en estos supuestos y contextos?
  • ¿Proteger las áreas más dañadas con cancelas que impidiesen el acceso a estos vehículos rodados?

No sé, pero algo hay que hacer. De lo contrario,  el deterioro y pérdida del ingente y valioso patrimonio que poseemos en viejos caminos de herradura va a ser lamentablemente irreversible.

            Para terminar, y como ejemplo paradigmático, propongo caminar un día el viejo camino que sube de Nalda a Luezas de Cameros, por lo que se ha dado en llamar como Senda Bonita. Quien la conozca habrá comprobado que de unos años a esta parte el surco abierto, la descarnadura que está sufriendo por el uso abusivo de motos y bicis es absolutamente sangrante.

            Si después de contemplar este estrago se entiende que el asunto no es para tanto, entonces esperamos unos años más a que las tormentas y la erosión implacable completen la tarea y volvemos a hablar.

Jesús Mª Escarza Somovilla

(Vicepresidente de la Sociedad de Montaña Sherpa de Logroño)

Fotografía: Justo Isidro Porres Pascual